Cuando el Teatro Falla habló con Manolo Santander

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Decir Manolo Santander en el mundo del Carnaval de Cádiz lleva obligatoriamente a la mente al barrio de la viña, al compás del 3×4 añejo y a la modalidad de chirigotas. Pero es a partir de 1998 cuando Manolo Santander y su chirigota saltan a un estrellato viral sin precedentes.

Manolo es un cadista acérrimo, y su pasión por el Cádiz CF la trasforma durante ese año en un emotivo pasodoble a la afición, que canta en toda una gran final con su chirigota “La familia Pepperoni”, el pasodoble es acogido con una gran ovación entre el respetable que a grito de “Ese cadi oé” retumba todo el coliseo de ladrillos coloraos, pero el bueno de Manolo jamás imaginaría en lo que se transformaría esa humilde letra.

A partir de ahí, comienza un ritual, un clásico en el repertorio de Manolo Santander es dedicarle uno de sus pasodobles al equipo amarillo, así es como al siguiente año, en 1999 con su chirigota ‘El Séptimo de caballería’ vuelve a dedicarle esta letra, la curiosidad musical hace que la introducción del pito sea la misma que la de los pepperoni:

Manolo Santander, la eclosión de una letra

El pasodoble de Manolo Santander ya había tomado una dimensión sin precedentes, aquella sencilla y humilde copla de carnaval se había trasladado al Ramón de Carranza, donde por cientos y miles seguidores cadistas entonaban aquel mítico pasodoble a modo de cántico, de principio a fin. Aquello se transformó en escudo, en mito, en un himno del cadismo por allá donde jugase el equipo amarillo.

Momento mágico en el Falla

Pero sin embargo, el Gran Teatro Falla nos dejaría uno de esos momentos maravillosos, de los que hay que recordar siempre en una noche mágica y eterna. Corría el año 2000, y Manolo Santander había pegado un gran pelotazo con su chirigota “Los de capuchino” —que posteriormente se postuló como el primer premio en la modalidad—.

En uno de los pases de semifinales, Manolo Santander agradece en su pasodoble a la afición por la gran acogida que tuvo el pasodoble, que jamás imaginaría lo que supondría esa letra. Sin lugar a dudas el pasodoble vuelve a calar en el aficionado, pero lo que no podría imaginar este viñero es lo que ocurriría después de interpretarlo.

Pasaron los años, las chirigotas e incluso hubo más pasodobles dedicados al Cádiz y su afición, pero esa copla decidió el pueblo hacerla suya, y cuando la hace suya la convierte en inmortal, para la posteridad junto a las de Paco Alba, Martín, Romero, Villegas o Martínez Ares, para que las custodien en el fondo del mar las plateadas mojarritas y en las noches de verano sobre sus aguas se entonen las coplas que siempre quedaron en el recuerdo, las de las madrugadas infinitas al abrigo del barrio de la viña, allí donde Manolo Santander es profeta en su tierra, en su barrio y en su gente.

Foto portada: Carnavalea.es

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