Los Molina, el pellizco que conquista corazones

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Chirigota Los Molina - Codigo Carnaval

El Carnaval de Cádiz ha ido evolucionando constantemente y a pasos agigantados en proporción a las nuevas generaciones y estilos que han ido apareciendo en la gran fiesta gaditana. Siempre fue así, unas raíces que brotan de un manantial del que todos los carnavaleros bebieron y unas melodías infinitas que resuenan perpetuamente en lo más profundo del alma.

Aún así, hay detalles y esencias que parecen haberse perdido. Abandonadas como el que olvida un juguete en una boardilla, el compás de aquellos nudillos en los mostradores han ido silenciándose en las barras de los bares, en un carnaval que ha dado paso al idolatrismo de autores y componentes en una pura ignorancia del pasado.

Y aquí es donde entran un grupo de chiclaneros, unidos en una gran cruzada abrazan a los viejos viñeros que aún resisten el compás entre sus coplas, los que no quieren ni necesitan hacer el carnaval de otra manera de la que aprendieron de sus maestros, de aquella fuente bendita de los mitos del Carnaval de Cádiz. Los Molina han irrumpido en el Gran Teatro Falla sin la capa de super héroe, pero con la intención manifiesta de rescatar lo más puro y añejo de nuestro carnaval, sin la más mínima intención de dar lecciones a nadie, una familia al compás del 3×4, con la garganta medio rota y los nudillos coloraos de cantar coplillas en cualquier mostrador que se postre.

Nadie les dijo que aquello debía ser así, ni mucho menos se planteó como una propuesta de marketing. Llegaron de fuera, con ropas que fueron encontrando por su casa y comprando en los chinos con aquellos ‘Enemigos Íntimos’, con la cartera vacía pero con el corazón rebosante de ilusión y papelillo, tiraron del carro para poder defender a Cádiz desde las azoteas como un estornino, pero entendieron que era mucho mejor hacerlo desde abajo, paseando por sus serenas calles con el tintineo de su llavero. Cádiz había entregado su amor a aquellos chiclaneros otorgándoles su casa y sus llaves para que volvieran siempre que quieran sin llamar, y si lo hacen, que no sea al telefonillo, que den un bombazo de los suyos.

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Aquellos bombazos que han retumbado nuestros corazones y todos y cada uno de los huecos del Gran Teatro Falla es únicamente una declaración de amor por algo que se muere y se pierde. Su juventud es la esperanza, la estirpe de los Santander, Manolín Gálvez, Noly, Cárdenas o Peñalver se aglutina por una sangre que entendió que sus maestros y su espejo era ese y no otro, que no había forma más bonita de cantarle a Cádiz que marcando las baquetas en el aro mientras las caderas hacen un vaivén, como aquel suave bamboleo del extinto Vaporcito del Puerto sobre las aguas plateadas.

Los Molina, pese a ser chiclaneros de pro, llevan el compás del barrio de la viña, como si su infancia se hubiese envuelto entre pregones de caballas, piruetas sobre el puente Canal o las coplas canallas de cualquier mostrador del bar La Palma o la peña El Charpa. Su sangre salada, como la de las caballas, invitan al forastero y al propio gaditano a enamorarse de un pellizco que uno creyó moribundo. Sus gargantas, sin más florituras que el orgullo de cantarle a su barrio, su ciudad y su gente bastan y sobran para entender que no es más gaditano el que más golpes de pecho se da, sino el que lo demuestra de la manera más romántica de todas: pintándose dos coloretes y cantando por Cádiz y su carnaval.

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